MODERNIZACIÓN TECNOLÓGICA Y DESARROLLO RURAL

Daniel Cáceres

Departamento de Desarrollo Rura
Facultad de Ciencias Agropecuarias
Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, Argentina.


Resumen

A partir de una discusión de los principales supuestos que subyacen a la idea de modernización de la agricultura, el artículo cuestiona la suficiencia de las tecnologías modernas para brindar soluciones profundas y duraderas a los problemas del desarrollo rural. Finalmente, sugiere que en algunos casos se ha sobredimensionado el potencial de las tecnologías modernas (por ej. la biotecnología) y destaca la necesidad de realizar un análisis más profundo e integrado a fin de determinar sus posibles efectos adversos sobre el ambiente y la sociedad.

Palabras clave: modernización, tecnología agropecuaria, desarrollo rural.

 

Introducción

El presente trabajo presenta una revisión crítica de las principales ideas y conceptos que fundamentan a algunas propuestas de modernización tecnológica del sector agropecuario.

Hace dos o tres décadas la mayoría de los políticos y expertos en desarrollo veían a la tecnología como el instrumento más apropiado para mejorar las condiciones de vida de vastas porciones de las sociedades de los países de Tercer Mundo. Estas ideas estaban basadas en una determinada concepción de desarrollo fundamentada en el denominado "Trickle Down Effect". De acuerdo a Stevens (1991), este abordaje básicamente postula que el desarrollo económico se produce a partir de los sectores de élite del sistema capitalista, los cuales generan riqueza y crecimiento económico a través de sus ahorros e inversiones. En la medida que un país se va modernizando, los beneficios socioeconómicos del desarrollo "chorrean" (‘trickle-down’), de arriba hacia abajo, a todos los miembros de la sociedad. A través de la exportación de materias primas y la importación de bienes manufacturados, la economía nacional crece coincidentemente con la substitución de sus importaciones hasta que alcanza el nivel de los países industrializados de desarrollo pleno. La tecnología tiene un rol central dentro de esta teoría, ya que se supone puede superar la brecha que impide a los países pobres transitar la vía hacia el crecimiento económico. Bernstein (1992a: 24) señala que el "Trickle Down Effect" implica un "abordaje residual" a la problemática del desarrollo que explica la existencia de los países pobres como la consecuencia de haber sido "dejados afuera" del proceso de desarrollo. Tal visión parte del supuesto que el crecimiento económico, tarde o temprano, eleva los ingresos de todo el mundo.

Fundamentada en esta concepción de desarrollo, se implementaron nuevas políticas en la década del ‘60 en Latino América, apoyadas principalmente por el gobierno de los EE.UU. y algunas organizaciones internacionales que compartían esta perspectiva y tenían similares orientaciones políticas. A la luz de la revolución cubana, era imperioso generar alternativas políticas a fin de evitar la expansión de un sistema que chocaba frontalmente con los intereses de EE.UU. en la región. La "Alianza para el Progreso" y la "modernización de la agricultura" fueron las principales herramientas políticas implementadas a fin de descomprimir la efervescencia social de América Latina .

 

Los Supuestos de la Modernización

Política e ideológicamente apoyada por EE.UU., económicamente asistida por el Banco Mundial, técnicamente respaldada por las ideas de Schultz (1964), y con el soporte sociológico de la "escuela antropológica", la modernización de la agricultura fue vista como la vía a seguir a fin de sortear la brecha existente entre países ricos y pobres.

Partiendo de la concepción de desarrollo esbozada más arriba, se entendió a la modernización no sólo como una propuesta de cambio tecnológico para la agricultura, sino también como la forma más adecuada para superar y reemplazar "valores tradicionales" y patrones de "motivación hostil al cambio social y el crecimiento económico" (Jary y Jary 1991: 201). A pesar de su uso generalizado, el término modernización es un concepto ambiguo y cargado de valores y subjetivismo (Bernstein 1991), ya que sugiere una contraposición a aquellas estructuras y valores que caracterizan a las sociedades "tradicionales". De acuerdo a Hadjor (1992: 201), la modernización implica un cambio hacia "los hábitos y costumbres de los tiempos presentes" y la adopción, por parte del Tercer Mundo, de las instituciones y valores de los países occidentales industrializados. Por lo tanto, ser "no-moderno" significa ser "no-occidental". El concepto de modernización está impregnado por etnocentrismo, y sus defensores parten del presupuesto de que la ciencia y la tecnología occidentales son esencialmente "buenas" (Riedjik 1986: 44). En consecuencia, desde esta perspectiva, la persistencia de sectores atrasados dentro de la sociedad es una consecuencia directa de la persistencia de las instituciones, los valores y las actitudes tradicionales. Uno de los defensores de la modernidad afirma que "la modernidad es en primer término un estado mental: expectativas de progreso, propensión al crecimiento, disposición a adaptarse al cambio" (Lerner 1964: vii). Hagen (1970) va aún más lejos al afirmar que "las sociedades tradicionales están asociadas con un nivel muy bajo de creatividad". Estas afirmaciones llevan a considerar al subdesarrollo como consecuencia de actitudes psicológicas de los campesinos: mientras una psique "moderna" es flexible, creativa, y adaptable, una "tradicional" es rígida, poco flexible, y no creativa. Desde este marco conceptual, es la mente con "orientación tradicional" la que se convierte en el obstáculo para el cambio, y la psicología individual es el factor clave que determina el desarrollo (Hadjor 1992).

Tal abordaje no sólo simplifica excesivamente la realidad, sino también omite importantes procesos históricos a partir de los cuales fueron generadas las llamadas sociedades "modernas" y tradicionales. De acuerdo a Frank (1967) y Cardoso y Faletto (1979), las diferencias observables entre países ricos y pobres deberían ser analizados en términos históricos más amplios. Esto implica asumir que la presente situación tiene mucho que ver con la relación colonial y post-colonial de los dos sectores. Más que "factores psicológicos", el atraso del Tercer Mundo debe explicarse a partir de la comprensión económica y política del desarrollo del capitalismo. Por lo tanto, la superioridad de los países industrializados reside en su poder económico y político y en consecuencia su acceso diferencial a los recursos materiales (Hadjor 1992). Tal superioridad se basa en el control masivo de los medios de producción, el monopolio de los medios de comunicación, la supremacía en el campo militar, y la complicidad de las élites locales y clases dirigentes de los países subdesarrollados.

En resumen, de acuerdo a Hadjor (1992:203-204), las perspectivas modernizantes asumen que "el Occidente moderno ha alcanzado la prosperidad a partir de sus propios esfuerzos y evade rigurosamente discutir la relación existente entre la prosperidad de Occidente y la explotación del Tercer Mundo. Como una forma de ocultar las dimensiones internacionales del cambio, la teoría de la modernización relaciona el estancamiento del Tercer Mundo con la falta de voluntad y creatividad de su propia gente. El problema del desarrollo es reducido así a un problema psicológico individual y el significado de ser ‘occidental’ es equiparado con el de ‘moderno’".

 

Modernización y Revolución Verde

La Revolución Verde fue tal vez la principal herramienta para implementar la modernización de la agricultura en los países del Tercer Mundo. El neologismo "Revolución Verde" fue acuñado por primera vez en la década del ‘60 para referirse a una alternativa "revolucionaria" que permitiría a los países subdesarrollados solucionar sus problemas económicos, nivelar la inequidad social en el campo, e incorporarse a un proceso progresivo de desarrollo. Para llevar adelante la Revolución Verde se propuso un paquete tecnológico basado principalmente en el uso de semillas de alto rendimiento, agroquímicos (fertilizantes y pesticidas), y sistemas de riego. De acuerdo a Williams (1988: 435), el supuesto subyacente a tal estrategia era claro: "la baja productividad de los pequeños productores se elevaría si se les proveía ‘un nuevo sistema de servicios que permita respaldar un sistema de agricultura moderno’, bajo la forma de ‘nuevas semillas-fertilizantes-tecnología de riego para maíz y trigo’, e integrando los campesinos a la ‘economía de mercado’ ". Para llevar adelante esta estrategia, las políticas de la RV se basaron en el supuesto principal de que este paquete tecnológico era "divisible", y por lo tanto podría estar al alcance de cada productor, independientemente de su escala de operación económica, dimensiones y características socioculturales (McNamara 1973).

De acuerdo a Hadjor (1992), lo que transformó a la RV en un alternativa atractiva era su supuesto potencial para solucionar problemas económico-sociales a través de acciones tecnológicas. La RV es por lo tanto un ejemplo claro de "determinismo tecnológico" (Griffin 1979), ya que presupone que las soluciones tecnológicas pueden operar independientemente de las estructuras prevalecientes en la sociedad. Como la Alianza para el Progreso, la RV apuntaba a diluir tensiones políticas, con el fin de lograr una solución "pacífica" y "racional" de la cuestión agraria (Pearse 1974, Patnaik 1990, Bernstein 1992b, Hadjor 1992). En otras palabras, la RV fue concebida como una alternativa que permitiría evitar la implementación de las reformas estructurales necesarias para reducir las flagrantes inequidades económicas y sociales existentes en los países pobres.

Sin embargo, en términos globales la RV incrementó efectivamente la producción global de granos en los países pobres. En algunos casos, como la India, se observó una mejora importante en las metas de producción. Desde una situación inicial de alta dependencia en el abastecimiento de granos, India pasó a la autosuficiencia (período 1951-1971) (Bernstein 1992b). No obstante, a pesar del gran incremento de productividad observado en la agricultura India, la RV no brindó soluciones adecuadas a las problemáticas de la mayoría de los productores pobres (Maurya 1991).

Las tecnologías implementadas en el marco de la RV no fueron igualmente efectivas con todos los productores, independientemente de su escala de operación y disponibilidad de activos productivos. Esto se debió a que la supuesta "neutralidad de su escala", contrasta fuertemente con la alta demanda de insumos productivos. El cambio de la agricultura "tradicional" por la "moderna" implicaba tomar ciertos riesgos asociados con los mayores requerimientos de dinero en efectivo que demandaba la nueva tecnología. Los productores más ricos estaban en mejor posición para tomar tales riesgos que los más pobres, quienes debían endeudarse a fin de afrontar los costos en dinero en efectivo que demandaba la tecnología de la RV (Harris 1988). Por lo tanto, usar la nueva tecnología significaba para los campesinos un cambio radical en su ya frágil relación con los mercados, un aumento de su dependencia en insumos externos, y un compromiso directo con un tipo de agricultura totalmente integrada al mercado. En consecuencia, la RV aceleró el proceso de diferenciación campesina (Bernstein 1991, Byres y Crow 1991), ya que favoreció la reconversión de unos pocos campesinos "ricos" en pequeños productores capitalistas, mientras que la situación de la inmensa mayoría de campesinos "pobres" no mejoró substancialmente, e incluso en algunos casos empeoró (George 1976).

Después de más de dos décadas de implementación, la RV plantea muchas dudas sobre su capacidad para superar los problemas de los productores más pobres. Ningún país del Tercer Mundo ha logrado, tal como se había pronosticado, solucionar sus problemas rurales a través de la "nueva tecnología". La historia de la RV, según Griffin (1979), es la historia de una "revolución" que ha fracasado.

 

 

Reflexiones Finales

La discusión aquí presentada en torno al modo en que opera la "lógica de la modernidad", debería promover la reflexión acerca del modo en que algunos sectores abordan en la actualidad el problema de la modernización del sector agropecuario.

Demasiadas expectativas se han depositado en relación a la capacidad que tendría la tecnología moderna para hacer frente a los problemas de desarrollo del sector. De la misma forma en que hace tres décadas se generaron grandes expectativas acerca de la potencialidad de la Revolución Verde para aliviar los problemas de hambre del mundo, en diversos ámbitos políticos y académicos se habla hoy con insistencia acerca del potencial de la biotecnología y la Revolución Genética. Desde la perspectiva teórica que orienta a este trabajo, considero que se está sobredimensionando la supuesta capacidad que tendrían las nuevas tecnologías para dar respuesta a los problemas que emergen de las distintas realidades socio-productivas de nuestro país. En cierta forma, pareciera que algunos sectores estuvieran observando la problemática agropecuaria desde la perspectiva que ofrece el "determinismo tecnológico". Es decir, se estaría asumiendo que la incorporación de nuevas tecnologías constituye el factor determinante para el progreso social y el mejoramiento de la calidad de vida de los distintos sectores de la sociedad rural.

En otras palabras, lo que aquí se sugiere es que la tecnología no es una variable independiente que, por sí sola, tiene la capacidad para solucionar problemas significativos del sector agropecuario. En el mejor de los casos, esta puede producir un impacto favorable en los volúmenes productivos, o mejorar la calidad del producto obtenido, lo cual puede (o no) traducirse en una mejora en el ingreso, o en la calidad de vida de aquellos productores que la utilizaron, o del público en general que consume el producto final.

Finalmente, creo oportuno señalar que no se está sugiriendo aquí que se deberían ignorar los avances científicos que se están produciendo en distintos campos del conocimiento y que a menudo se traducen en nuevas tecnologías agropecuarias. Por el contrario, considero que estos avances son necesarios e incluso indispensables. No obstante, sería conveniente destacar dos aspectos principales. Por un lado, sería necesario monitorear de una manera mucho más estricta la calidad de las tecnologías que se ofrecen en el mercado. Especialmente se debería observar su impacto sobre el ambiente (por ej. contaminación, erosión, etc.), o sobre la sociedad en su conjunto (por ej., posibles impactos negativos que podrían tener la alimentación de la población con algunos materiales transgénicos). Las voces de alerta que se han levantado en varios países de Europa y la prohibición de la importación y/o consumo por la población de algunos productos transgénicos, constituyen un llamado de atención que deberíamos tener en cuenta. En segundo lugar, sería necesario asumir que las nuevas tecnologías no poseen por sí solas la capacidad de solucionar los problemas que hoy aquejan al agro. Para que esto ocurra, deberían concurrir además otros factores relacionados principalmente con el campo político y socio-económico, y que se relacionan con el modelo de desarrollo al cual responden las nuevas tecnologías agropecuarias.

 

 

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