INTERRELACIONES ENTRE PATRIMONIO LINGÜISTICO Y DESARROLLO TURÍSTICO EN EL MEDIO RURAL.
EL CASO ESPECÍFICO DE LA LENGUA ARAGONESA Y EL TURISMO EN EL ALTO ARAGON


SUMARIO.

1. INTRODUCCIîN: EL TURISMO Y LAS LENGUAS, EN GENERAL.

2. EL DESARROLLO TURÍSTICO COMO FACTOR DE DESTRUCCIÓN DE LA LENGUA ARAGONESA.

3. CONTRIBUCIÓN POSITIVA DEL DESARROLLO TURÍSTICO A LA REVALORIZACIÓN DE LA CULTURA Y LENGUA AUTÓCTONAS.

 

 

1. INTRODUCCIÓN: EL TURISMO Y LAS LENGUAS, EN GENERAL.

El Turismo puede ser visto y analizado desde múltiples puntos de vista. Esto es evidente, pero para comprobarlo basta con echar un vistazo a los manuales clásicos de Luis Fernández Fuster.

Por supuesto, la consideración que prima generalmente es la del turismo como un hecho económico, como una actividad económica. Y claro es que para un técnico es absolutamente necesario conocer los mecanismos económicos del turismo, pero creo que sería muy pobre y parcial limitarnos a esa consideración.

El turismo, desde sus comienzos, ha tenido fundamentalmente un carácter de relación humana, de tal manera que es una actividad enriquecedora en un doble sentido: no sólo de los empresarios turísticos, lo que parece perfectamente admisible y justo, y evidentemente contribuye, en consecuencia, al progreso económico de la zona donde se centra la actividad turística, sino también, y sobre todo, enriquecedora de los espíritus y de las mentes de los turistas y de los propios habitantes y pueblos que dan acogida al turismo.

En este último sentido, también hay una doble dirección, diríamos que una interacción recíproca, de manera que hay que ver el turismo como una de las herramientas más eficaces para promover el intercambio humano y cultural, para facilitar la comprensión mutua entre los pueblos y los hombres, la amistad y el conocimiento de culturas, costumbres, religiones, artes y modos de vivir distintos.

Y de todos es sabido cómo el hecho más definitorio de la identidad de una comunidad, de un pueblo y de una cultura, es la lengua.

No es extraño, pues, que para desenvolverse en el mundo del turismo, desde el nivel del turista, hasta el nivel del técnico, sea no sólo necesario, sino imprescindible, el conocimiento de las lenguas. Por supuesto, cuantas más mejor, y mejor también cuanto mayor sea su dominio. Sabemos en concreto hasta qué punto se exige el conocimiento de dos lenguas ñ francés e inglés, habitualmente ñ en el plan de estudios conducente a la titulación de Técnico de empresas y actividades turísticas vigente hasta la publicación de las directrices de la Diplomatura en Turismo en 1996. También en los planes de estudios de Diplomado en Turismo se da importancia al dominio de idiomas, haciendo constar 9 créditos troncales (incrementables por la correspondiente universidad en un 50 %) de Idiomas.

Es, pues, evidente, la estrecha relación existente entre turismo y lengua. Por un lado, la necesidad ñ o al menos, conveniencia ñ de que el viajero conozca la lengua de los países que visita. Por otro lado, la necesidad ñ o conveniencia ñ de que los habitantes del país receptor conozcan la lengua de los visitantes. Y en este último caso vemos cómo el conocimiento de una lengua puede tener motivaciones económicas, ya que un servicio en la lengua del cliente es un mejor servicio, y por lo tanto eso puede redundar en un mayor beneficio económico. Esta consideración económica ñ o mejor, comercial ñ de la lengua nos llevaría muy lejos, hasta el punto de ver cómo el nacimiento de las llamadas “lenguas de relación”, “lenguas de comercio” o pidgin, o más propiamente sabires, e incluso a veces el nacimiento de las grandes koinés, tiene su origen o su causa en el comercio, en las relaciones comerciales.

Vemos así que, aunque las lenguas son, en principio, intrínsecamente neutras en un sentido político y económico, sin embargo, por las circunstancias históricas concretas, pueden influir de tal forma que la presión de una lengua dominante en un momento dado puede llegar a originar una lengua mixta o, incluso, a suplantar casi del todo a una lengua más débil.

Naturalmente, el turismo se produce en una sociedad concreta dominada por unas determinadas relaciones económicas, sociales y culturales. Es imposible abstraerlo de ese contexto. De modo que el turismo, inmerso en esas relaciones, puede contribuir a afianzar la preeminencia de una lengua sobre otra, o bien puede contribuir a revalorizar una lengua en situación de inferioridad hasta ese momento.

El turismo sólo contribuirá a reforzar unas relaciones y unas situaciones ya existentes, explicables de un modo más amplio por una preponderancia económica y cultural, en general.

Es, por ejemplo, el caso del inglés, cuyo papel como lengua de comunicación internacional se ha visto afianzado por el turismo, si bien ya previamente unas determinadas condiciones de preeminencia económica y cultural de las comunidades de habla inglesa lo habían generalizado en gran medida.

Vemos así, en definitiva, cómo puede llegar a establecerse una contradicción entre la lengua como valor humano y cultural, como instrumento que favorece las relaciones y el conocimiento mutuo entre los pueblos, y la lengua como subproducto o medio comunicativo que se impone como consecuencia de una dominación económica, política o cultural.

Si, por un lado, toda lengua es en sí misma intrínsecamente válida para desarrollarse como instrumento de comunicación y cultura, sin embargo, por otro lado vemos ñ y este es un hecho básico constatado por la sociolingüística ñ que existen unas lenguas históricamente dominantes y otras dominadas o replegadas en sí mismas, minorizadas en cuanto a su demografía y a su geografía, y discriminadas en su funcionalidad y en su uso.

Mientras las primeras, las lenguas dominantes, son aquellas que se expanden, apoyándose en hechos no estrictamente lingüísticos (como son la preponderancia económica, o política, o simplemente administrativa, o debido al desarrollo y difusión de una literatura importante y de calidad, etc.), las segundas, las lenguas dominadas o replegadas, tienden a restringir su uso y su funcionalidad, utilizándose cada vez menos en asuntos comerciales, administrativos e incluso literarios, para ir limitándose a un uso familiar, local y rural.

Más o menos paralela y semejante es la terminología de lenguas mayoritarias y lenguas minoritarias (o minorizadas).

Este tipo de relación entre dos lenguas se da en numerosas partes del mundo. Pero a nosotros lo que nos intreresa considerar aquí es esta pequeña parte del mundo llamada Alto Aragón, en donde tradicionalmente, a lo largo de siglos, y hoy mismo, se han dado y se dan esas relaciones entre una lengua dominante (el castellano) y una lengua dominada, restringida o minorizada (el aragonés).

Lógicamente, en este contexto o marco sociolingüístico, parece evidente que cuanto más se desarrolle en el Alto Aragón el turismo, y especialmente en el medio rural ñ donde más ha persistido hasta el presente el aragonés, bien que muy deteriorado y en diversos grados de uso y de conocimiento ñ más ha de contribuir a reforzar la situación de dominación y preponderancia de la lengua mayoritaria (el castellano). Esto puede ser cierto y de hecho creo que lo ha sido, al menos a lo largo de la primera mitad del siglo XX y muy especialmente en los años 60 y 70 de este siglo; pero creo que el turismo también puede influir positivamente en una revitalización o revalorización del aragonés. Y ambos aspectos creo que merecen ser considerados.

 

 

2. EL DESARROLLO TURêSTICO COMO FACTOR DE DESTRUCCIîN DE LA LENGUA ARAGONESA.

Es por todos sabido que determinadas zonas del Alto Aragón (no sólo del Pirineo, sino también del Prepirineo y Somontano) han vivido prácticamente aisladas de la civilización moderna durante mucho tiempo, de tal forma que que ha sido en pleno siglo XX, en los años 20, 30, e incluso más tarde, cuando han pasado bruscamente de una sociedad tradicional, de escaso o nulo desarrollo tecnológico, en donde existía una economía de autoconsumo, de autoabastecimiento ñ es decir, autárquica ñ, y unas relaciones sociales y de trabajo cuyo núcleo era la casa (la casa como concepto de unidad familiar, de unidad económica o productiva, e incluso de referencia de origen), a una sociedad moderna, en la que predominan el desarrollo tecnológico y la mentalidad urbana.

Ese choque brusco es el que se dio a principios de siglo, en los años 10, cuando se abren por ejemplo vías de comunicación, como las carreteras que penetran en los valles de Echo y de Ansó, o en los años 20, cuando una carretera comunica por primera vez el valle de Bielsa con el resto de Aragón. Y algunas de estas carreteras se trazan precisamente para la construcción de saltos eléctricos o embalses (es el caso del valle de Bielsa).

La adaptación que tuvo que sufrir esa sociedad tradicional para acomodarse a unas estructuras sociales, culturales y económicas diferentes es lo que suele denominarse “aculturación”. Si bien, como está claro en nuestro caso, lo que hubo más bien fue una “transculturación”. Es decir, no se produjo simplemente una adaptación, que era difícil de realizar tan aceleradamente (ya que en algunos casos suponía pasar de una situación casi semejante a la de la Edad Media a pleno siglo XX), sino más bien un abandono de la cultura tradicional, para pasar a aceptar otra cultura totalmente distinta.

No es que en las zonas más aisladas del Alto Aragón no hubiera cultura. Claro que la había: existía una cultura tradicional muy rica. Lo que ocurre es que se trataba de una cultura distinta, que en gran parte de los casos no pudo adaptarse progresiva y gradualemente a otro tipo de sociedad que se le imponía. No tuvo tiempo, ni se le dio la posibilidad. Se produce entonces una ruptura, un corte brusco, que se traduce en que la aceptación de un nuevo tipo de sociedad ñ de relaciones sociales y económicas ñ arrastra consigo la aceptación de unos valores distintos y de una lengua nueva, ajena hasta entonces a la comunidad. Si no extraña, porque el contacto con la lengua castellana ñ más o menos continuo, más o menos profundo, según los casos ñ existía desde hacía siglos, sí lejana, en cuanto que seguía sin introducirse plenamente en la sociedad altoaragonesa y continuaba siendo identificada con determinados sectores urbanos y ciertos niveles económicos y culturales de la población.

Pues bien, en este contexto, es lógico que el turismo (tanto el turismo muy minoritario de principios de siglo como el más masificado de los años 70 y 80) contribuyera en cierta medida a agravar el proceso de deterioro del aragonés y en algunos casos fuera una de las causas de su sustitución total por el castellano. Es lógico que así fuera porque precisamente las comunidades cerradas en sí mismas, con una lengua funcionalmente poco desarrollada para otros menesteres diferentes a los tradicionales del ámbito rural, son las más vulnerables, las que más fácilmente pierden su lengua ante los embates de lenguas mayoritarias y en proceso de expansión.

Por el contrario, comunidades desarrolladas y abiertas, en contacto con otras comunidades, más cultas y con mayor nivel de vida, difícilmente pierden su lengua propia, primero porque les es útil funcionalmente y segundo porque la consideran parte irrenunciable de sus señas de identidad. Surgirá en todo caso el bilingüismo como solución que impida la desaparición de su propia lengua. Es decir, se generalizará el aprendizaje de una segunda lengua que se especializará en funciones concretas como las relaciones con el exterior y las relaciones de tipo administrativo ñ e incluso en otras relaciones de carácter formal ñ, pero eso permitirá precisamente la conservación y el uso funcional de la lengua propia en la mayoría ñ o al menos una parte importante ñ de los ámbitos de la sociedad.

Podemos fijarnos también en lo que ocurre en Occitania, donde, según el profesor Pierre Bec, son los monolingües occitanos o las personas de más bajo nivel cultural las que más fácilmente se hacen en pocos años monolingües franceses (es decir: utilizan sólo el francés, a pesar de que conozcan el occitano). Por el contrario, personas de mayor nivel cultural (universitarios, por ejemplo), difícilmente pierden el occitano, porque se hacen bilingües y utilizan, de un modo igual de correcto y funcional, las dos lenguas: el occitano y el francés.

En el Alto Aragón la situación actual es muy parecida a la de Occitania, al menos cualitativamente, aunque no cuantitativamente, y por lo tanto se ha dado un proceso similar.

El turista es la persona que llega de fuera hablando castellano (o catalán, pero para el caso, también se trata de una lengua distinta), con dinero para gastarse, con ostentación y apariencia moderna en su atuendo a la moda, en su vehículo último modelo, etc., y con una cultura generalmente más elevada que los autóctonos. Se produce entonces un proceso de imitación, de servilismo hacia la cultura foránea, proceso propio de sociedades atrasadas.

No obstante, pienso que hay que minimizar bastante la importancia del turismo como agente castellanizador (o dicho de otra manera: como agente destructor del aragonés). Creo que más importancia han tenido las relaciones de tipo laboral producidas como consecuencia de las grandes obras públicas (embalses, carreteras, túneles, etc.). Por ejemplo, yo he estudiado un poco más detenidamente el proceso de pérdida o deterioro del aragonés en el valle de Tena y he visto que, aunque en la década de los cuarenta era frecuente el alojamiento de “veraneantes” (entonces todavía no se llamaban “turistas”) en casas particulares o fondas de Sallent de Gállego, sin embargo, el turismo balneario de Panticosa prácticamente no se rozaba con la población. Pero hay otros datos: por ejemplo, desde 1940 se ha explotado en Sallent una mina de antracita en la que trabajaban diecisiete mineros asturianos, y un yacimiento de espato de flúor, con trabajadores andaluces. Además, hacia 1944-46 trabajaban en las grandes obras del Coto Hidráulico de la Cabecera del Gállego unos mil obreros, la mayoría andaluces, cuyas familias se alojaban en casas particulares de Sallent. Si a eso se añade la guarnición de la guardia civil más el personal de aduanas, casi todo él foráneo, se explica la mayor castellanización de Sallent, frente a Panticosa, donde todavía hoy se conserva el aragonés ñ aunque en muy malas condiciones e inmerso en un acelerado proceso de pérdida y de castellanización ñ.

Así que pienso que hay que relativizar mucho la influencia del turismo como tal en el deterioro del aragonés; es más bien el turismo asociado a otras actividades el que propicia la destrucción y la falta de utilización de la lengua aragonesa. Es sobre todo cuando confluyen varias actividades canalizadoras de la influencia exterior, cuando parece que se produce una cierta catalización que acelera el proceso de deserción de la lengua aragonesa y como consecuencia se provoca con mayor virulencia una castellanización y una erosión de los aspectos más genuinos del aragonés.

 

 

3. CONTRIBUCIîN POSITIVA DEL DESARROLLO TURêSTICO A LA REVALORIZACIîN DE LA CULTURA Y LENGUA AUTîCTONAS.

La crisis de la sociedad montañesa tradicional que se produce en el Alto Aragón en el siglo XX culmina con la despoblación de extensas comarcas, cuyos habitantes emigran en masa a las ciudades (a Samianigo, Balbastro, Monzón, Uesca, y sobre todo a Barcelona y a Zaragoza), asimilándose al modo de vida urbano y olvidando y dejando de utilizar el aragonés de modo irreversible.

Naturalmente, en esto no intervino directamente el turismo, sino que se debió, en general, a las circunstancias sociales y económicas.

Por eso, hoy nos encontramos con muchas comarcas donde no es posible oir hablar aragonés por la sencilla razón de que no hay gente (o apenas la hay), como ocurre en amplias zonas del Prepirineo (la Guarguera, Sobrepuerto, la Solana, zonas del Bajo Sobrarbe y Sierra de Guara) e incluso del Somontano.

En otros casos la sociedad se ha quedado tan desvertevrada, tan desintegrada, al reducirse la población en unos términos cuantitativos tan alarmantes, que el deterioro del aragonés y la consiguiente utilización del castellano de modo exclusivo (o casi exclusivo) han sido más fáciles.

En este contexto el turismo juega un papel decisivo como reactivador económico (e incluso repoblador) de zonas de montaña tan deterioradas en sus estructuras humanas, sociales y económicas.

Como consecuencia, pienso que si sirve para producir un desarrollo económico y social, debe servir ñ o al menos, puede servir ñ también para producir un desarrollo cultural, que lleva a adquirir una mayor conciencia del valor de la cultura propia y por lo tanto a revalorizar la lengua aragonesa y a utilizarla.

Esta revalorización de la lengua aragonesa puede darse a través de diferentes sectores o por medio de diversos aspectos parciales relacionados de una manera u otra con la actividad turística: a) las denominaciones de los establecimientos comerciales y hosteleros; b) la toponimia; c) la gatronomía; d) el turismo cultural. Examinemos brevemente cada uno de estos apartados.

a) Las denominaciones de los establecimientos comerciales y hosteleros.

Un dato importante, que puede parecer anecdótico o pasar inadvertido para muchos, es que en las zonas más desarrolladas turística y económicamente del Alto Aragón vayan apareciendo establecimientos comerciales, y muy especialmente de tipo hostelero (bares, cafeterías, restaurantes, hostales, etc.), con nombres en aragonés. Es un síntoma, si bien débil todavía, de esa revalorización del aragonés. Además, al incorporar el aragonés al proceso económico, a la actividad económica y comercial ñ aunque sólo sea por ahora de una forma esporádica y en cierto modo testimonial ñ, esta tendencia está facilitando su recuperación.

Como ejemplo podríamos poner especialmente los valles de Benasque y de Tena, quizá los más desarrollados turísticamente y en los que el aragonés vive un proceso de recuperación y revalorización por parte de la población. Y lo mismo podríamos decir del valle de Echo.

Así, en Benasque tenemos: Asador Ixarso (en aragonés común es sarrio, en castellano ‘rebecoí); Líescaleta (caramelería-video club); bar-restaurante La lluna (‘la lunaí); disco pub La nit (‘la nocheí en aragonés benasqués; en arag. común es a nuei); restaurante El fogaril (‘el hogarí); Els ibons (‘los lagosí), establecimiento de souvenirs, deportes y alquiler de esquís y material de montaña; bodega El molsero (‘el musgueroí); Molsa (‘musgoí), tienda de regalos, etc.

En Echo: Casa Chuanet (‘casa Juanitoí), vivienda de turismo rural; Hostal de la Val (‘hostal del valleí, Ostal de la Bal con la ortografía empleada modernamente en aragonés); Hostal Lo Foratón (es un topónimo que se podría traducir por ‘el agujeritoí); etc.

En Panticosa: bar O Tochal (es un topónimo: Fuen de ro Tochal; literalmente, tochal significaría ‘lugar en donde hay tochos, es decir, palos o bastonesí); discoteca Os diaples (‘los diablosí); etc.

También en Jaca encontramos abundantes denominaciones en aragonés de establecimeintos comerciales y hosteleros, entre otros: bar A boira (‘la nieblaí), hotel A boira; bar restaurante La cadiera (‘el banco del hogarí), discoteca Pintacoda (‘volteretaí); A falsa días broxas (‘el desván de las brujasí), tienda de ropa y regalos; Alcorze (‘atajoí), compañía de guías de montaña y excursiones; etc. Es un hecho que puede interpretarse como positivo el que coincida la mayor densidad de denominaciones en aragonés en aquellas localidades o zonas de mayor desarrollo turístico.

Podríamos añadir denominaciones de establecimientos situados en otras localidades del Alto Aragón. Así, por ejemplo: bar As brasas (‘las brasasí) en Ayerbe; bar restaurante Branquil (‘umbralí) en Sabiñánigo; O Forato (‘el agujeroí), A gruta (‘la grutaí), bares de Biescas; discoteca Kaixigá (arag. común caxicar ‘robledalí) en Campo; Milorcha (‘cometaí), compañía de guías de montaña y barrancos que tiene oficinas abiertas en Barbastro, Alquézar, Rodellar y Benasque; bar O lugar (‘el puebloí) en Almudébar; bar Chicotén (‘salterio, instrumento de música tradicional pirenaicaí) en Bielsa; A botigueta, en Aínsa, etc.

Incluso en la ciudad de Huesca, se detecta desde hace unos años una tendencia a “bautizar” establecimientos comerciales, y muy especialmente en el campo de la hostelería y el turismo, con nombres pertenecientes a la lengua autóctona. Así, por ejemplo, uno de los primeros que inició la moda fue A forqueta (‘el tenedorí), bar restaurante; también de hace unos años data el restaurante O mirallo dío caserío aragonés (‘El espejo del caserío aragonésí), que creo que ya no existe; uno de los más recientes es A taberneta (‘la tabernillaí). Y junto a ellos, es posible encontrar otros restaurantes como: A cadiera (‘el banco del hogarí), Os danzantes (‘los danzantesí), Ibón (‘lago pirenaicoí / ‘manantialí), O fogar (‘el hogarí), O cremallo (‘las llares o cadena que pende de la chimeneaí), etc. Y bares como: Calibo (‘recoldoí). Obsérvese que no solamente se trata del empleo de voces aragonesas, sino que el conjunto de los elementos lingüísticos responde a las características propias de la lengua aragonesa, de modo que el sintagma en su totalidad está redactado en aragonés. Así, vemos el artículo a, o ‘la, elí, el sufijo o formante de carácter apreciativo -eta ‘-illaí, tan típico y propio del aragonés, la contracción de preposición más artículo dío ‘delí, etc. En algunos casos se usa léxico aragonés pero con artículo castellano: bar restaurante El pozal (‘el cuboí), bar La bresca (‘la miel virgení), etc. Por lo demás, el léxico elegido se refiere mayoritariamente a la casa, al entorno del hogar y la chimenea, buscando connotaciones de tranquilidad, paz, calor, bienestar (cadiera, fogar, cremallo, calibo).

En otros campos de la actividad comercial también es posible encontrar algunos establecimientos con nombre en aragonés: Clarión (‘tizaí) o Leito (‘lechoí) entre las tiendas de muebles y decoración; Carambel (‘carameloí), tienda de golosinas y chucherías; Mais (‘madresí), tienda de ropas y complementos para madres y niños pequeños, etc. Incluso una de las “peñas” (agrupaciones recreativo-festivas) que ha surgido recientemente se denomina Peña Os casaus.

b) La toponimia.

También el turismo puede servir para la restauración, en unos casos, o la potenciación, en otros, de la toponimia tradicional y autóctona, en ocasiones bastante deteriorada.

Un ejemplo notorio ñ en el que han confluido causas no solamente turísticas, sino también paraturísticas ñ es el del valle de Gistau, que cada vez se nombra más como Bal de Chistau, su nombre tradicional y auténtico.

Ejemplos de recuperación de la forma tradicional del topónimo mayor, es decir del nombre de la población, son cada día más numerosos: Bar Chasa, bar inaugurado en Chasa (Jasa), en 1995; Ball Benás (apartamentos) y Art-Benás (tienda de moda, regalos y artesanía), en Benás (Benasque); Restaurante Ansils, en Ansils (Anciles); Mesón de LíAínsa (Aínsa). Precisamente este último es un ejemplo también de la recuperación del topónimo no solamente en la denominación de establecimientos hosteleros, sino también en la rotulación pública oficial, pues desde comienzos de los años 90 la Diputación General de Aragón colocó en las carreteras carteles indicadores de carácter turístico con la forma LíAínsa, que naturalmente contrasta con la forma Aínsa que aparece en los rótulos señalizadores de las carreteras colocados anteriormente por el Ministerio de Obras Públicas.

La toponimia menor también suele reflejarse a menudo en las denominaciones de establecimientos hosteleros y comerciales. Así, por ejemplo: Bar Gorgutes, Edificio El Castiello, Deportes Aigualluts, en Benás (Benasque); Ixeia-Sport, centro comercial en Benás (Benasque) y Zarllé[r] (Cerler); Bar Bachimaña, Restaurante Isuela, Bar Guara (Huesca), Restaurante Somport (Jaca), Restaurante Garmo Blanco (Sallent), etc. Esto no es tan novedoso, pues desde hace muhco tiempo era habitual apropiarse de topónimos menores para bautizar establecimientos hosteleros, tiendas, incluso talleres. Y por otro lado, estos topónimos menores suelen conservar una forma inalterada, y a menudo intraducible, por lo que noi procede otra cosa que su utilización sin más, con lo que, de hecho, no hay en este caso recuperación o reinstauración de una forma castellanizada, ni tampoco utilización de una forma más aragonesa, ya que se trata de la única existente.

Otro caso distinto es el de la utilización de nombres sustantivos comunes ñ sean más o menos usuales, más o menos opocaso para los hablantes ñ relativos al terreno, es decir a aspectos toponímicos y geográficos. En este sentido tenemos algunas muestras interesantes, pero escasas, como: Restautante El Tozal (El Grado), Mesón Cobarcho (Jaca), Restaurante Ibón (Huesca), etc. Obsérvese, no obstante, cómo en el primer caso aparece el artículo castellano el, y no el artículo aragonés o.

Pero, sobre todo, donde ha de verse la recuperación de la forma toponímica tradicional es en la rotulación de parajes, de fuentes, de ríos, de montes, etc., que con frecuencia aparecían hasta ahora castellanizados en los mapas. Aunque hay algunos sustantivos relativos a características del terreno, como mallo, que se utilizan siempre en aragonés por su difícil traducción (Mallos de Riglos, Mallos de Agüero, Mallos de Ligüerri, en Badiello, etc.), otros muchos podrían utilizarse, como tozal, bal, planeta, fabar, caxicar, foz, borda. Así, de hecho, existe la Borda Arracona, en el valle de Ansó.

La exigencia de autenticidad por parte del turismo hará posible sus recuperación. Y no cabe olvidar que la toponimia es un aspecto importante de la lengua, que puede tener relevancia desde el puntos de visto psicológico en la recuperación de la lengua aragonesa. En efecto, los topónimos son nombres propios, y éstos se utilizan de forma fija en la versión aceptada como oficial. La oficialización de los topónimos en su forma aragonesa tradicional supondría su uso exclusivo y por tanto un empuje considerable para la recuperación de otras parcelas de la lengua.

En especial, hay que valorar la presión que puede producir la visualización de los topónimos escritos en rótulos públicos, en cartografía, guías, etc. Porque así como los nombres comunes no suelen aparecer públicamente ñ se pueden oir si los usamos en la conversarción, los podemos ver si leemos un libro, pero apenas los veremos en carteles y señalizaciones en establecimientos públicos, aunque sería de desear ñ, los nombres propios se registran en los mapas y en los rótulos e indicadores públicos habitualmente.

En relación con la utilización pública de los topónimos, merece ser mencionada la labor que está desarrollando la empresa PRAMES, S.A., dedicada a la señalización de itinerarios y senderos, así como a la publicación de mapas y guías turísticas. Hace unos cuantos años los únicos mapas especializados de que disponían los montañeros eran los de la editorial Alpina, de Granollers, que cubrían prácticamente todo el Pirineo y la Sierra de Guara, y que en los últimos años han procedido a una general actualización, incluyendo la rearagonesización de numerosos topónimos, bien castellanizados, bien catalanizados o vasquizados. Pues bien, la actividad de PRAMES ha supuesto una renovación total en este aspecto, ya que por un lado las señalizaciones de senderos normalmente se hacen en el aragonés de la zona y respetando las formas toponímicas autóctonas, y por otro lado, los mapas y las guías que van publicando recuperan y difunden las formas tradicionales de los topónimos.

Hay que destacar que PRAMES incluso ha publicado algunas de las guías en aragonés, total o parcialmente, con lo que vemos que la lengua aragonesa se incorpora como lengua de comunicación instrumental a la confección y edición de guías turísticas. Este hecho resulta fundamental para el progreso del aragonés, pues supone el acceso a funciones reservadas hasta ahora al castellano o a otras lenguas (francés, inglés, catalán, etc.), y por otro lado resulta también crucial para entender el nuevo rumbo que se inicia en la actividad turística altoaragonesa, al incorporar de hecho el aragonés a su promoción y difusión.

Así, tenemos una edición en aragonés de la guía de Huesca (Uesca) y su comarca. Y al menos dos ediciones con la mitad del texto aproximadamente en aragonés: las guías de senderos de pequeño recorrido del valle de Benasque (Benás) y del valle de Hecho (Echo), en las cuales la descripción de la ida correspondiente a todos los senderos está redactada en castellano y la descripción de la vuelta en aragonés.

Por último, en relación con la toponimia, ha supuesto un acontecimiento de importancia la publicación del libro Pirineo Aragonés. La magia de sus nombres / A maxia díos suyos nombres (Zaragoza, 1996), de Francho BELTRçN AUDERA. En él se recoge de una manera atractiva y didáctica la toponimia pirenaica y en general altoaragonesa. Comienza con un alegato a favor del aragonés, al que denomina lengua pirenaica, y termina con un llamada a la defensa de nuestra toponimia. Repasa la herencia prerromana-bascona, celta, latina, árabe y germánica en la toponimia pireanica, para pasar luego a analizar y explicar las relaciones entre los nombres de lugar y la geología, la hidrología, la meteorología, el mundo vegetal, el mundo animal, el mundo pastoril, el hombre y las leyendas y creencias. Así, pues, un libro en el que lengua aragonesa - toponimia y turismo - naturaleza se unen de modo inevitable para conseguir un conjunto de gran belleza, que invita a la defenda tanto de la naturaleza como de los topónimos.

 

c) La gastronomía.

Igualmente en el campo de la gastronomía, tan relacionado con el turismo, hay posibilidades inmensas para recuperar los nombres tradicionales de platos, comidas o postres, con lo que se revitaliza la lengua en esos aspectos y tiene una utilidad práctica, al mismo tiempo que el turista agradece también la presentación de los platos con sus nombres autóctonos, ya que eso es parte de la cultura de la tierra que visita.

Así, por ejemplo, recordemos nombres prácticamente intraducibles ñ algunos de los cuales precisamente por eso se utilizan, porque no se conoce nombre en castellano ñ, como o recau, as chiretas, o chilindrón, o tarnasco, a torteta, os bolinches, etc. Pero pienso que también deberían o podrían utilizarse otros muchos, como truitas ‘truchasí, crabito ‘cabritoí, sarrio ‘rebecoí, o biritaco ‘embutido hecho con la vísceras del cerdoí, a chinflaina ‘plato hecho con los intestinos, el hígado y menudo y picadillo de corderoí, as farinetas ‘las gachasí, as borrainas ‘las borrajasí, a sopa roya, as sopetas díallo ‘sopas de ajoí, as trunfas en o calibo ‘las patatas a la brasaí, a chicha en purnas ‘la carne fresca asada a la brasaí.

En el apartado de los hongos y las setas, podemos citar, entre otros muchos: os fongos royos o robellons ‘níscalosí , as morgulas ‘las colmenillasí, os usons o muxardons ‘setas de San Jorgeí, as cogomas ‘parasolesí, a chirigola o seta de gardincha ‘seta de cardoí, etc.

Y si nos vamos a los postres o a la repostería, podríamos añadir: os empanadicos, o refollau, os fullatres, os pastiellos ‘empanadasí, os belulos ‘turrón de litons, en forma cilíndricaí, os crespillos ‘postre de hojas de borraja recubiertas de huevo, azúcar y harina, y fritas en aceiteí, as pasteras (‘crpesí), figos ‘higosí, cocas ‘tortasí, zergüellos ‘ciruelasí, chicolate ‘chocolateí, presiegos ‘melocotones, abridoresí, mengranas ‘granadasí, chordón ‘frambuesaí, garimbastas ‘nísperosí, as pansas ‘las pasasí, o poncho ‘vino caliente con orejones, pasas, higos, etc.í, o matón, a cuallada ‘la cuajadaí, etc.

Tampoco conviene olvidar nombres que se refieren a aspectos más generales, como: lifara ‘merendola, banqueteí, birolla ‘comida, alimentos, en generalí; ‘comida acompañada de celebración festivaí , chenta ‘comida del mediodíaí, chentar ‘comer al mediodía, brenda ‘meriendaí, brendar ‘merendarí, matazía ‘matanza del cerdoí, etc.

Hay recetas curiosas que unen al exotismo o a la originalidad la sonoridad de la denominación en aragonés. Por ejemplo, en un libro titulado La cocina de Sobrarbe podemos encontrarnos con recetas como estas: “esquiruelo con trunfas” (‘ardilla con patatasí), “espalda de güella en salsa” (‘espalda de oveja en salsaí), “engardaixo con arroz” (‘lagarto con arrozí), “micolas de Tella” (‘ícroquetas de Tellaí), “llebre a o chicolate” (‘liebre al chocolateí), “guiso de muxons” (‘guiso de pajaritos”), “chabalín de a güela” (‘jabalí de la abuelaí), etc.

Otras muchas recetas apetecibles y de sonoros nombres en aragonés pueden encontrarse en la obra de Antonio BELTRçN y José Manuel PORQUET titulada Gastronomía Aragonesa, verdadero compendio enciclopédico sobre el tema. Así, por ejemplo: “tarnasco con usons” (‘cordero lechal con setas de San Jorgeí), “boliches de Embún a líaragonesa”, “arroz de fardacho” (‘arroz de lagartoí), “tortilla de muxardinas” (‘tortilla de senderuelas”), “bodela de Tena” (‘sopa de carne de sarrio, con su sangre y vino tintoí), etc.

El anís de Colungo se ha sabido recuperar y comercializar, de manera que la tradición de este aguardiante pervive en botellas con etiqueta íntegramente redactada en aragonés, ejemplo que no estaría nada mal que siguieran los vinos del Somontano.

d) El turismo cultural.

La lengua aragonesa ha servido y sirve en algunos casos como reclamo del turismo. Cada vez está más en boga hoy en día el turismo cultural, el que tiene su origen en el deseo de aprender la lengua del país al cual, precisamente por ello, se viaja. Naturalmente, no nos parece nada raro que se haga un desplazamiento a Francia o a Inglaterra para aprender francés o inglés. Pienso que no debería parecernos tampoco extraño que hubiera turismo de grupos hacia el Alto Aragón para aprender in situ la lengua aragonesa, conviviendo con familias que la conservan como lengua de uso habitual.

Precisamente comunicarse con personas que hablan el aragonés como lengua materna es uno de los mejores métodos para adquirirlo de una manera natural. Es un hecho que de año en año aumenta la demanda de aprendizaje del aragonés, tanto en Uesca y otras localidades altoaragonesas (Samianigo, Monzón, Chaca, Balbastro, Grañén, Ayerbe, Biescas, Graus, Boltaña, LíAínsa, etc.) como en Zaragoza. Anualmente se realizan cursillos, que se han ido incrementando continuamente en cuanto a su número, de manera que más de 400 personas reciben cada año clases de aragonés, solamente en el Alto Aragón. Otras tantas o casi en Zarazgoza. Esto ha hecho que algunas instituciones y asociaciones se hayan planteado alguna vez organizar estancias en localidades del Alto Aragón específicamente destinadas al aprendizaje de la lengua y otros aspectos de la cultura autóctona (costumbres, tradiciones, folklore, É) ligados a la lengua.

Por el momento, no ha sido llevado a la práctica en grupos grandes, pero en sí en grupos reducidos. Así, por ejemplo, la asociación Ligallo de Fablans de líAragonés, de Zaragoza, organiza desde hace varios años excursiones para pasar un fin de semana en el valle de Chistau, con ocasión de los Carnavales, con lo que los jóvenes zaragozanos ñ generalmente aprendices del aragonés apuntados en algún cursillo ñ que suben al valle tienen ocasión de practicar la lengua aragonesa con los vecinos de las localidades chistabinas y al mismo tiempo de conocer los ancestrales ritos de Carnaval allí conservados. Esta positiva experiencia ha llevado a intentar la revitalización de Carnavales y otras fiestas en otras localidades altoaragonesas, con el concurso de jóvenes urbanos que están aprendiendo el aragonés. Así, por ejemplo, los Carnavales de Nerín. La fiesta de las nabatas, en A Espuña, A Buerda y LíAínsa es otra buena ocasión para la revitalización del aragonés por parte de la población autóctona y la práctica por parte de los visitantes, en contacto con la cultura y tradiciones propias del país.

Yo mismo había hecho anteriormente alguna pequeña experiencia como guía lingüístico-cultural, acompañando a los profesores de literatura çngel Crespo y Pilar Gómez Bedate en un estancia de quince días en varias localidades altoragonesas, en el mes de julio de 1980. La experiencia resultó muy fructífera y tuvo consecuencias importantes, pues a partir de ahí se acrecentó el interés de çngel Crespo por la poesía en aragonés y publicó varios estudios y reseñas, recientemente recopilados en un libro.

Otra experiencia interesante la constituyó la "I Escuela d'Estiu de l'Aragonés", que se celebró en Benás (Benasque) del 4 al 10 de julio de 1993, organizada por el Consello d'a Fabla Aragonesa, y que agrupó a un buen número de gente interesada en el aprendizaje del aragonés, en profundizar en su conocimiento y en su dominio, justamente en una localidad y en un valle donde el aragonés, en su modalidad local benasquesa, tiene un uso muy vivo.

Los cursos de aragonés llevados a cabo en los meses de julio o de agosto en Biescas (organizados por la asociación "Chen"), en los años 70, y en Jaca (organizados por la peña "Enta debán"), en los años 80, fueron también actividades que iban en el mismo sentido y tuvieron en su momento cierta repercusión, aunque no cuajaron en una organización permanente y más profesionalizada, por falta de continuidad.

Pienso que sería posible extender este tipo de experiencias y dotarles de una cierta organización: supondría un motivo más para promover la visita de pueblos del Alto Aragón y un beneficio para la población autóctona y para la misma lengua argonesa.

Hace ya unos cuantos años, en 1978, el Ministerio de Comercio y Turismo utilizó precisamente la lengua como reclamo del Turismo. Concretamente fue un anuncio que apareció en la prensa catalana y que decía: “Si quiere aprender cheso no vaya a Karachi”. Y después de este sorprendente titular destinado a captar la atención del lector, explicaba en letra más pequeña lo que era el cheso, tratándolo como una especie de reliquia exótica y haciendo afirmaciones bastante desenfocadas, faltas de rigor e incluso de respeto.

Se trata de un ejemplo anecdótico de lo que más arriba apuntábamos. Pero con un enfoque correcto y buena información, se podría canalizar este tipo de iniciativas hacia el fomento del aragonés, hacia su recuperación y su aprendizaje, al mismo tiempo que a su revalorización como bien cultural, objeto necesitado de una mejor protección y de una mayor promoción.

 

 

 

Como conclusión, quiero expresar mi confianza en que el turismo pueda servir de motor revitalizador y recuperador del aragonés. Creo que turismo y lengua aragonesa no deben verse como opuestos, sino todo lo contrario. En realidad, dentro del respeto que merece en todos los aspectos el turista queda - debería quedar - comprendido este aspecto: que no se le nieguen, ni se le oculten o falseen, sino que se le presenten con total exactitud y autenticidad, los topónimos propios, las palabras y expresiones propias, que explican facetas de la cultura del país.

Si, como se dice, el turismo es motor del desarrollo, pienso que no debe serlo sólo del desarrollo económico. Para cumplir su función en plenitud, debe serlo también del desarrollo cultural y humano. En todos los aspectos: enriqueciendo culturalmente a los visitantes y elevando el nivel cultural del país receptor. Un país, una comunidad, que desprecia o no valora suficientemente su propia lengua no puede considerarse culto y se encuentra moribundo como pueblo. El turismo bien enfocado puede contribuir al desarrollo pleno del Alto Aragón, ayudando a recuperar el valor y el uso de su lengua y fortaleciendo sus raíces y su identidad. Pero, lógicamente, para ello debe darse al mismo tiempo un desarrollo socioeconómico que detenga el proceso de desertización rural y que favorezca la existencia de una comunidad estable orgullosa de su propia lengua.

 

Francho Nagore Laín

(Profesor Titular del çrea de Filología Española,

Departamento de Lingüística General e Hispánica,

E. U. de Estudios Empresariales de Huesca,

Universidad de Zaragoza)

 

 

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