Producción agraria ecológica

Isidre Martínez i Badía
Director Técnico del Consejo Catalán de la Producción Agraria Ecológica.
Departemento de Agricultura, Ganadería y Pesca.
Generalidad de Cataluña


 

En los últimos años se ha ido desarrollando en nuestro país la llamada Agricultura Ecológica, también conocida tradicionalmente con otras denominaciones, como por ejemplo: Agricultura Biológica, Agricultura Orgánica, Agricultura Biodinámica, etc.

La producción agraria ecológica, así la llamaremos, busca una integración de elementos locales y socioculturales dentro de un modelo racional de obtención de productos agrarios y alimenticios, sostenible a largo plazo y utilizando tecnologías apropiadas, tanto energética como ambientalmente eficientes.

Dentro de los movimientos alternativos, la agricultura ecológica constituye un sistema de producción y elaboración de alimentos altamente exigente, ya que busca incidir directamente sobre una serie de aspectos que se relacionan a continuación:

• Obtención de productos alimenticios de elevada calidad organoléptica y nutritiva en suficiente cantidad, es decir, obteniendo unos rendimientos que no se alejen mucho de los rendimientos medios obtenidos por la agricultura convencional.

• Evitar la presencia de elementos potencialmente tóxicos para la salud humana en los productos agrarios y alimenticios finales, ya sea durante la fase de producción agrícola y ganadera, ya sea derivada de los sistemas de conservación, elaboración o envasado seguido en los mismos.

• Evitar todos aquellos procedimientos que resulten en una pérdida de calidad de los productos finales, escogiendo aquellos que mejor preserven estos aspectos.

• Asegurar la conservación del medio ambiente y el funcionamiento a lo largo de los ecosistemas agrícolas, mediante la aplicación y desarrollo de tecnologías apropiadas que armonicen esta necesidad con la obtención de unas producciones económicamente rentables.

El cumplimiento de estos aspectos filosóficos generales implica el desarrollo y aplicación de unas técnicas muy precisas que requieren un elevado conocimiento del sistema agrario y de las diferentes interrelaciones entre los numerosos parámetros que condicionan la producción, elaboración y comercialización de este tipo de productos.

La producción agraria ecológica se denomina tradicionalmente de diferentes formas, a menudo equivalentes, tal y como se ha mencionado en el primer párrafo. Estos nombres se originan en diferentes momentos y lugares, aunque finalmente persiguen los mismos objetivos. El término Agricultura Biodinámica es el único, entre todos ellos, que responde a un sistema de producción que incorpora algunas técnicas diferentes. A pesar de ello, la normativa vigente la equipara al concepto general de producción agraria ecológica.

Cuando se habla de este modelo agrario se está haciendo referencia a un movimiento mucho más amplio, con una implantación muy heterogénea y con unas bases y principios teóricos y filosóficos que, aunque lleven a un mismo concepto de actividades agrarias, proceden en su origen de corrientes diferentes que han marcado su desarrollo y, en algunos casos, su implantación geográfica.

El primer movimiento que surgió fue la llamada Agricultura Biodinámica, postulada por el austríaco Rudolf Steiner, fundador de la Antroposofía, en unas conferencias realizadas ante un grupo de agricultores en Koberwitz, en el año 1924. La Antroposofía considera que la ciencia no ha de limitarse a considerar sólo el mundo material, sino que ha de incluir otras dimensiones suprasensibles. Corresponde a Pfeiffer, un discípulo de Steiner, el desarrollo inicial de los principios de esta agricultura biodinámica establecidos por Steiner, principios sobre los que, actualmente, reposa este sistema agrario de producción.

Estos principios se pueden resumir en los siguientes puntos:

1. El suelo no es un material inerte o un mero substrato físico de anclaje para los vegetales. Su parte orgánica (especialmente el humus) y su parte viviente (microorganismo, etc.) son de gran importancia.

2. Los microorganismos del suelo son los encargados, mediante su actividad metabólica, de transformar los elementos químicos insolubles, necesarios para el crecimiento vegetal, en elementos solubles y asimilables para las plantas. Por este motivo ha de favorecerse su presencia y actividad mediante la aportación de materiales orgánicos compostados y ricos en humus.

3. Los abonos minerales solubles han de evitarse, puesto que favorecen el desarrollo de plagas y enfermedades en las plantas.

4. Las plagas y enfermedades sólo aparecen cuando las plantas de cultivo sufren algún desequilibrio. Se potencia el uso de técnicas preventivas para evitar estos desequilibrios, aplicándose los llamados preparados biodinámicos, unos productos obtenidos de la dilución y dinamización de elementos naturales (según principios similares a los de la homeopatía) que se incorporan al suelo, sobre las plantas y sobre el compost (abono orgánico en fermentación).

Otra corriente, que se denominó Agricultura Orgánica, fue desarrollada en los años cuarenta por Sir Albert Howard, el cual definió las líneas generales de su pensamiento en el libro Testamento Agrícola, escrito en el año 1940 y basado en observaciones efectuadas en la India durante varias décadas. Este autor divulgó la idea de volver hacia una agricultura rural que diera prioridad a la fertilidad del suelo mediante la aportación de materia orgánica compostada, la cual, además de mejorar las condiciones físico-químicas del suelo, favorecería la resistencia de la planta ante las plagas y las enfermedades.

Algunos seguidores de esta modalidad difundieron estas ideas por el Reino Unido y por los Estados Unidos, dando lugar a una de las asociaciones promotoras más antiguas en este campo, la "Soil Association", portavoz de un modelo de agricultura natural y no contaminante.

La tercera rama histórica la constituye la llamada Agricultura Biológica, desarrollada por los suizos Hans Peter Rusch y H. Müller. La idea principal que aporta esta tendencia es que el ser humano tiene que asegurarse su subsistencia sin dilapidar los recursos que ofrece la naturaleza, sobre todo los recursos no renovables. Se concede mucha importancia al humus del suelo, a la utilización de compost en superficie y a la limitación del laboreo al estrictamente necesario, para evitar alteraciones de la microflora del suelo. Se abandona la idea de autonomía de la explotación y el agricultor puede comprar los fertilizantes orgánicos fuera de la misma. Rusch es el primero que aplicó argumentos científicos y económicos para justificar la eficacia de este modelo agrario.

El desarrollo de la agricultura ecológica en Europa permaneció en estado embrionario durante el decenio de 1950, ya que el principal objetivo al finalizar la II Guerra Mundial era mejorar la producción y satisfacer las necesidades inmediatas.

A finales de la década de los sesenta y durante la de los setenta, surgieron numerosas organizaciones o asociaciones de defensa de la producción ecológica. La coexistencia del movimiento ecológico, de los movimientos contestatarios y de intereses comerciales diversos explica la atomización y la heterogeneidad del sector, el cual, a pesar de todo, progresó seriamente y se fue dotanto, poco a poco, de unas normas de producción a medida que fueron apareciendo estas asociaciones. Esta actividad se concentró, sobre todo, en los países del centro y norte de Europa.

A partir de la década de los ochenta, la agricultura ecológica se ha desarrollado finalmente en la mayoría de países europeos y en muchos países terceros, sobre todo en los Estados Unidos. Se ha registrado un incremento importante de productores y han surgido diversas iniciativas en el ámbito de la transformación y la comercialización de los productos ecológicos. Esta nueva situación se debe a que los consumidores demandan cada vez más productos de calidad y también a la toma de conciencia cada vez más elevada respecto de las cuestiones de salud ligadas a la alimentación, así como a la preocupación por la conservación del patrimonio medioambiental. Los servicios oficiales, por otro lado, van reconociendo progresivamente a esta agricultura, incluyéndola entre sus temas de investigación y adoptando disposiciones específicas.

En los últimos años se ha añadido una nueva denominación para nombrar este modelo agrario, denominación que tiene su origen en los movimientos ecologistas de los años ochenta. Así pues, algunos países del entorno europeo, como España, Dinamarca y Alemania, utilizan preferentemente este término, el cual intenta recoger el concepto de sistema agrario integrado con su entorno natural, mediante la aplicación de prácticas agrícolas, ganaderas y agroindustriales respetuosas con el medio ambiente.

También en los últimos años ha surgido un movimiento ligado al desarrollo sostenible y endógeno de las zonas rurales de los países denominados del tercer mundo, especialmente la zona de Sudamérica y África, con la aparición de unos modelos de desarrollo íntimamente ligados a las condiciones sociales y económicas de cada lugar en concreto, así como al respeto de las comunidades rurales y a su medio. Estos movimientos hablan de agricultura sostenible o de otros conceptos próximos a los de la producción agraria ecológica.

La agricultura ecológica, como concepto general para designar este modelo, se originó, pues, a principios de siglo, pero ha comenzado a desarrollarse y salir de la marginalidad a finales de los años sesenta, debido a una serie de fenómenos sociales y económicos que generaron un tipo de conciencia entre cierto segmento de los consumidores y medios de comunicación que propiciaron el crecimiento de la demanda y un posterior desarrollo de la oferta, sobre todo en los países más ricos y más afectados por los efectos negativos de la industrialización sobre su medio ambiente, como por ejemplo, el caso de Alemania.

Al finalizar la II Guerra Mundial se produjo un cambio radical en los modelos agrícolas tradicionales, basados en sistemas extensivos a base de mano de obra barata y con una escasa utilización de tecnología en los medios de producción. Se producía a base de razas y variedades de origen local, muy rústicas y adaptadas a las condiciones del medio, y de baja productividad. La mecanización substitutiva de la mano de obra y las mejores perspectivas que ofrece la industria a los trabajadores, origina un éxodo de población rural hacia las ciudades. Al mismo tiempo, se han ido produciendo importantes avances en el panorama científico agrario, mediante la aparición de nuevas variedades y razas, fruto de una selección genética, así como la obtención de nuevas generaciones de abonos químicos, aparición y vulgarización de nuevos productos plaguicidas, mecanización creciente del campo, etc. Se produce así un proceso de intensificación general de las producciones agrarias, favorecidas por las políticas de la época y una creciente concepción economista e industrialista de este tipo de actividades.

Los diferentes gobiernos europeos apoyaron esta llamada "revolución verde" con el objetivo de solucionar los problemas de abastecimiento de alimentos y para potenciar a las industrias proveedoras de materias primas y tecnología para el campo.

El desarrollo de este tipo de agricultura más tecnificada y competitiva se consagró definitivamente a nivel europeo mediante el establecimiento de la llamada Política Agrícola Común (PAC) en el año 1968, como consecuencia de la firma del Tratado de Roma. Esta iniciativa estableció unos mecanismos de regulación y estimulación de las producciones agrarias, encaminadas a asegurar una producción propia y suficiente de productos agroalimentarios, proporcionando unas rentas dignas a la población rural comprometida en estas actividades, más parecidas a las proporcionadas por otros sectores productivos. Estos objetivos generales se verían cumplidos en pocos años, sobre todo los objetivos productivos. En el año 1973 se consiguió ya un incremento de la productividad agraria del 6’7% anual, un incremento de la renta recibida por los agricultores, una seguridad en el abastecimiento de los mercados, el mantenimiento de unos precios razonables y una cierta estabilidad de los mercados.

Toda esta situación, sin embargo, empieza a poner en evidencia una serie de limitaciones o aspectos derivados problemáticos, sobre todo en el campo económico y medio-ambiental.

Este tipo de política agrícola generó en pocos años toda una serie de excedentes agrarios, consecuencia de una política de precios que financiaba ciertas producciones, consideradas básicas, sin tener en cuenta la adecuación de la oferta generada a la demanda existente. Los diferentes mecanismos de intervención y financiamiento constituyen un círculo vicioso, al alimentar una tendencia productivista al agricultor, el cual planifica su actividad en función de la ayuda que recibirá y no por la rentabilidad intrínseca que obtendría su explotación en el marco de una demanda real de mercado. La CEE trató de articular diversos mecanismos que evitaran de alguna forma esta situación, situación que genera unos costos económicos y medio ambientales enormes, aunque de estos últimos habitualmente nadie se hace cargo, resultando una importante degradación del medio. En esta línea se establecen políticas de regulación de producciones, como por ejemplo la tasa de corresponsabilidad, establecida en el año 1979, de la producción láctea, la fijación de objetivos de producción para 1980, la cuota de la leche o los denominados estabilizadores.

La práctica de una agricultura intensiva y mal planificada conlleva el deterioro del medio ambiente agrario y rural, así como la aparición de nuevos problemas, los cuales acaban minorando la eficacia de la actividad agrícola. Se pueden citar algunos hechos derivados de esta situación general:

– Especialización y aparición de los grandes monocultivos intensivos, con la consiguiente acumulación de problemas sanitarios y pérdida de fertilidad de los suelos agrícolas.

– Uso de unas pocas variedades y razas genéticamente seleccionadas de alta productividad, con la consiguiente pérdida de patrimonio genético y el elevado grado de exigencia que comportan, dada su mayor fragilidad e inadaptación a las condiciones concretas de muchos lugares donde se cultivan o crían.

– Fertilización basada fundamentalmente en abonos químicos solubles, lo que genera a medio plazo toda una serie de problemas de erosión de los suelos agrícolas, debido al empobrecimiento del suelo en materia orgánica y humus, así como a la contaminación de las aguas de muchas regiones europeas por nitritos u otros contaminantes.

– Separación de las actividades agrícolas y ganaderas. La aparición de la ganadería intensiva desligada de la tierra genera una grave problemática de residuos que a menudo conlleva aparejada una contaminación indiscriminada de campos de cultivo y de ríos o riachuelos donde se vierten purines, y otros residuos ganaderos, en gran cantidad. Simultáneamente hay mucha superficie agrícola que sólo recibe abonos químicos, abonos que por lavado de sus elementos solubles también colaboran a menudo en la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas.

– Utilización intensiva de productos fitosanitarios sintéticos, reguladores del crecimiento, hormonas, herbicidas, etc. Su uso y abuso conlleva la presencia de residuos potencialmente tóxicos para la salud de los consumidores y del entorno, favoreciendo la aparición de resistencias y de nuevas plagas y enfermedades.

En la Europa desarrollada, y como consecuencia de todos estos problemas mencionados, se va produciendo progresivamente un cambio de mentalidad y surgen voces que piden un nuevo enfoque para la PAC. En esta situación aparece el Libro Verde de la Comisión, de 1985, el cual empieza a plantear la necesidad de mantener unos agricultores capaces de garantizar la conservación del medio ambiente socio-económico y natural.

De una forma mucho más explícita, el Parlamento Europeo dicta una resolución en el año 1986 sobre agricultura y medio ambiente. Esta resolución plantea claramente la necesidad de introducir una etiqueta de calidad para la comercialización de los productos agrarios ecológicos, así como de impulsar medidas para el fomento de fincas y granjas experimentales ecológicas y mejorar la información sobre este modelo agrario.

Posteriormente a esta resolución se inician los trabajos previos con los diferentes Estados miembros para establecer una normativa a nivel europeo que concrete las ideas políticas de las diferentes instituciones y gobiernos comunitarios. Todos estos trabajos se plasman en la aparición del Reglamento (CEE) 2092/91 del Consejo, de 24 de junio de 1991, sobre producción agrícola ecológica y su indicación en los productos agrícolas y alimenticios, marco normativo fundamental que regula y homogeiniza criterios para todos los miembros de la Unión Europea.

Antes de la aprobación de este Reglamento ya existía regulación estatal de este tema en Francia, Dinamarca y España.

Francia fue el primer país que reguló este tema. En el año 1980 la Asamblea francesa aprobó una Ley de Orientación Agrícola que su artículo 14 establecía que una Orden ministerial posterior homologaría los Cuadernos de normas que definieran el sistema de producción agrario que no utiliza productos químicos sintéticos. El 10 de marzo de 1981 se publicó un Decreto en el que se definían las condiciones básicas que tenían que reunir estos cuadernos para su homologación. Diferentes asociaciones francesas consiguieron homologar sus cuadernos, estableciendo un sistema de control y certificación de los productos obtenidos por sus agricultores asociados.

El segundo país que procedió a regular este sistema de producción agrario fue Dinamarca, donde a raíz de la elaboración de un impactante informe oficial relativo a los efectos de la agricultura intensiva sobre el ecosistema marino, publicado en el año 1984, se promulgó una Ley, en junio de 1987, relativa a la producción agraria ecológica. En este caso, el Estado danés ejercía un mayor peso en el control de la producción que en el caso francés, donde éste se ha ejercido siempre, como se ha dicho, por parte de organismos y asociaciones privadas homologadas.

España fue el tercer país donde se reguló este tema, mediante el Real Decreto 759/1988, de 15 de julio de 1988, el cual incluyó los productos agrarios y alimenticios obtenidos sin el empleo de productos químicos de síntesis en el régimen de las Denominaciones de Origen, genéricas y específicas, establecido mediante la Ley 25/1970, de 2 de diciembre. Posterior-mente se aprobó el Reglamento de la Denominación Genérica "Agricultura Ecológica" y se creó su Consejo Regulador, el cual aprobó un Cuaderno de Normas técnicas de producción y elaboración de productos agroalimenticios ecológicos. Esta situación continuó así después de la publicación del citado Reglamento comunitario, al que se adaptó la normativa española aplicada por el Consejo Regulador de esta Denominación Genérica, el CRAE. Este CRAE fue designado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación como autoridad única de control de estos productos para todo el Estado español. A pesar de todo, y para adaptarse mejor a la normativa comunitaria y al ámbito jurídico del Estado, el Ministerio publicó, el 22 de octubre de 1993, el Real Decreto 1852/1993, sobre producción agrícola ecológica y su indicación en los productos agrarios y alimenticios, el cual reconoce a las Comunidades Autónomas su plena competencia para aplicar directamente el Reglamento europeo y para dictar las normas necesarias para su aplicación, las cuales han de ser ratificadas por el Ministerio, a efectos de su defensa en el ámbito estatal e internacional.

 


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